El Máster de Formación del Profesorado a examen
La formación inicial del profesorado de secundaria en España sigue siendo un modelo pendiente de reforma profunda según múltiples estudios
El Máster Universitario en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas —conocido simplemente como el MFP o el máster de profesorado— cumplió en 2019 diez años de existencia como requisito legal para ejercer la docencia en secundaria en España. Sustituyó al antiguo CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica), una formación de pocas semanas que era universalmente reconocida como insuficiente. Sin embargo, una acumulación de estudios publicados en la última década apunta a que el remedio, aunque mejor que la enfermedad, sigue estando muy lejos de lo que el sistema educativo español necesita.
El diagnóstico más reciente, elaborado por un equipo de investigadores de las universidades de Granada, Autónoma de Barcelona y Complutense de Madrid en 2025, es demoledor en algunos aspectos. Según este informe, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, el MFP presenta problemas estructurales que no han sido abordados desde su implantación: excesiva carga teórica en detrimento del prácticum, desconexión entre las asignaturas pedagógicas y la realidad de las aulas contemporáneas, falta de coordinación entre el tutor universitario y el tutor del centro de prácticas, y una duración de apenas un año que resulta insuficiente para desarrollar la complejísima competencia profesional que exige la docencia actual.
Un año para aprender a ser docente: ¿es suficiente?
La pregunta que vertebra el debate sobre el MFP es, en esencia, de naturaleza temporal: ¿puede alguien aprender a enseñar en un año? La respuesta de la investigación comparada es categóricamente negativa. Los sistemas educativos con mejor desempeño internacional —Finlandia, Singapur, Corea del Sur, Canadá— dedican entre tres y cinco años a la formación inicial del profesorado, con una integración progresiva y acompañada en los centros educativos desde el primer año. El modelo finlandés, frecuentemente citado como referencia, exige un máster de cinco años (equivalente al grado más el postgrado) con una carga de prácticum que supera el 30% del tiempo total de formación.
En España, el MFP se cursa en un año académico, con un prácticum que en muchos casos no supera las doce semanas reales en el aula. Los estudiantes del máster llegan a las prácticas con una formación teórica que, con frecuencia, no han tenido oportunidad de conectar con la práctica, y se encuentran de golpe ante la complejidad real de un aula: la gestión del grupo, la atención a la diversidad, la evaluación formativa, la relación con las familias, los conflictos de convivencia, la motivación de adolescentes que no siempre quieren estar donde están.
"Aprender a enseñar lleva tiempo, mucho más de lo que el sistema está dispuesto a invertir. Estamos enviando a los futuros profesores al aula como si la enseñanza fuera un oficio simple. Y luego nos sorprendemos del abandono temprano de la profesión." — Dr. Antonio Medina, catedrático de Didáctica y Organización Escolar, UNED
La mirada europea: qué hacen distinto los mejores sistemas
El informe comparado de la OCDE sobre formación inicial del profesorado publicado en 2024 identifica una serie de características comunes en los sistemas con mayor atractivo y efectividad docente. Entre ellas destacan la selectividad en el acceso a la formación, la remuneración competitiva del prácticum, la presencia de mentores cualificados en los centros de prácticas y la evaluación continua y rigurosa de las competencias profesionales a lo largo de toda la formación. España incumple la mayoría de estos criterios.
Alumnos de secundaria en una actividad de debate en clase. Las competencias para facilitar este tipo de dinámicas requieren una formación docente mucho más profunda de la que actualmente ofrece el MFP.
Otro elemento diferenciador es la figura del mentor o tutor de centro de prácticas. En países como los Países Bajos o Suecia, estos tutores reciben formación específica para ejercer esa función, tienen reducción horaria reconocida y cobran un complemento por ello. En España, la tutoría de los estudiantes en prácticas es mayoritariamente voluntaria, no remunerada y carece de formación específica requerida. El resultado es una transmisión de conocimiento práctico enormemente variable y, a menudo, dominada por la reproducción de los hábitos del tutor más que por un proceso reflexivo y orientado al desarrollo profesional.
Las propuestas de reforma y los obstáculos
Las propuestas de reforma del MFP no son nuevas. Desde hace años, asociaciones de docentes, investigadores en educación y los propios directores de los másteres vienen reclamando un modelo diferente: más duración, más prácticum, más coordinación universidad-centro, mayor selectividad en el acceso y reconocimiento del periodo de inducción en los primeros años de ejercicio. La LOMLOE, en su artículo 100, abre la puerta a una reforma del modelo de formación inicial, pero el desarrollo concreto sigue pendiente de un consenso político que no acaba de llegar.
Los obstáculos son conocidos: el coste económico de extender la formación, la resistencia de los departamentos universitarios que han construido su oferta en torno al modelo actual, la falta de plazas en los centros educativos para asumir más estudiantes en prácticas y la ausencia de un acuerdo entre administraciones sobre el modelo al que se quiere llegar. Mientras tanto, cada año miles de futuros docentes pasan por un máster que todos reconocen como insuficiente, y el sistema educativo español asume las consecuencias en forma de mayor tasa de abandono docente temprano, más estrés en las primeras etapas del ejercicio profesional y, en última instancia, peores resultados para el alumnado que merece profesores mejor preparados.